De amuleto a complemento

Son muchas las novias que siguen dando el toque final a su estilo nupcial con un velo. Este complemento está elaborado con telas de tul u organza, pero también se pueden encontrar de encaje, chantillí, blonda o gasa. Al igual que puede estar realizado con diferentes telas, se puede encontrar cientos de estilos y tonalidades. De velos cortos que llegan hasta el hombro, a velos de más de dos metros de cola. De los más sencillos, a los adornados con encajes o pedrería en los extremos. Del blanco más puro, al beige o el crema. Incluso de los menos voluminosos, como el velo pirata (colocado pegado a la frente) a los velos de triple capa.

Velo

Todos ellos cumplen la función de complementar al vestido que llevarás el día de tu boda, dándole ese aire romántico que deseas. Sin embargo, los primeros usos que se dieron a este complemento eran muy distintos. De hecho, el velo en sí era muy diferente al que usamos hoy en día.

El inicio del uso del velo

En la época grecolatina, las mujeres usaban el día de su boda velos de colores muy vistosos, como rojos o amarillos. Estos velos las acompañaban en el camino de sus hogares hasta terminada la ceremonia y eran indispensables. Su función, más que estética, era la de alejar el mal de ojo de la mujer que iba a contraer nupcias. Se tenía la creencia que estas telas evitarían que las envidias de las mujeres solteras dieran mal fario a aquella que iba a desposarse.

Dentro de la antigua cultura oriental, el velo también jugaba un papel muy importante en las bodas. Hace siglos, cuando los matrimonios no eran por amor, las mujeres eran obligadas a hacer uso de él. La principal razón por la que debían llevarlo era que los novios no debían verse el rostro hasta ser matrimonio. La novia no se descubriría la cara hasta pasada la ceremonia. De esta manera el novio no tendría opción a negarse a tomar a la joven como esposa por su aspecto. También, como en la actualidad, era un símbolo de sumisión a su marido y su fuerte fe religiosa.

En Europa…

Pero no es hasta el siglo XIX cuando el velo en color blanco comienza a utilizarse en Europa. Este elemento pasó a resultar obligatorio para asegurar la pureza de la novia, de ahí su color. Pero su uso no tomó fama y notoriedad hasta la boda de Eugenia de Montijo con Napoleón.
El enlace se celebró el 30 de enero de 1853. Los invitados quedaron tan maravillados con el aspecto de la condesa de Teba, que se convirtió en tendencia entre las altas esferas.

Y tú, ¿serás una novia de velo? Si aún estás indecisa, en Cristina Mañes te asesoraremos sobre el estilo que te hará lucir radiante el día de tu boda.